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Los días se mueven lentos.
Arrastrándose pesadas, las horas dejan surcos de melancolía en la playa donde se bañábamos nuestras esperanzas.
Destilando uno por uno los minutos, obligándonos a saborear, gota a gota, el amargo cáliz del vacío del alma y de la añoranza.
Expuestos a la merced de nuestra memoria, nos aparecen imprevistos recuerdos infranqueables, que nos retienen prisioneros, incapaces de cruzar el umbral de sus estrechas puertas.
Sin pastilla amarilla que nos rescate de la pesadez de nuestros miembros anclados desesperadamente al recuerdo, iremos cruzando este mar al ritmo compasado de la sangría de los segundos eternos de un reloj parado.
No quiero que me empujes.
No quiero que me lleves.
Solo necesito mi tiempo y tu mano tendida que sepa esperar paciente el momento en que estaré listo para atravesar esta puerta.